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Disfrazado de ser humano

Me obligaron a que estudiara y yo estudié. Interminables jornadas pasaba contemplando el cansado rostro de un frustrado profesor sin vocación cuyo discurso no era más que una perfecta cura contra el insomnio. Al llegar a casa era obligado a pasar mis horas frente a un libro que me hablaba sobre la triste historia de una humanidad cuyo registro es de conflicto y guerra perpetua. Yo quería jugar, soñaba con ser explorador, un astronauta que en su nave recorriese las galaxias en busca de planetas habitables donde no existieran las pizarras, ni esas incomprensibles ecuaciones que tantas horas me hicieron perder. En la tierra me decían que no era bueno en lo que hacía, que seguir estudiando debía y sus exámenes repetir. ¡Debes concentrarte más!, una y otra vez me decían. Pero yo era así, despistado por naturaleza. Cuando perdía la atención en torno al monólogo de mi aburrido profesor, mi mente volaba y yo con ella. Abría mis brazos, desplegando mis alas como un águila y volaba entre las nubes que desde la ventana de mi triste clase contemplaba. Ya en casa, frente a ese libro de historias sobre reyes macabros y egoístas, una vez más traspasaba yo sus monótonas páginas imaginando un planeta mejor. Yo soñaba con Plutón, un pequeño planeta en la periferia del sistema solar, cuyos extraterrestres habitantes jugaban a ser astronautas, dibujar en las paredes y reír a cualquier hora del día, porque en Plutón los habitantes cumplían años, pero el término «adulto» no existía. Tampoco los libros de historia, solo se contaban cuentos junto al fuego sobre amor, sentimientos, música y armonía. En la tierra siempre había alguien que me obligaba a aterrizar. «Estás siempre en las nubes», me decían, pero yo jamás comprendí por qué no debía estarlo cuando las nubes era un lugar mucho mejor, mi rinconcito donde todo iba siempre bien. Jamás llegué a ser diestro estudiante, me repitieron que yo no valía y me siguieron obligando a derrochar mis horas allá donde yo no quería estar. Me robaron mi infancia y en gran parte mi juventud. Ya he pasado muchos años siendo quienes todos esos adultos, orgullosos de su formalidad, querían que fuera: un peón más. Trabajando y malviviendo con un sueldo, que apenas me daba para llegar a fin de mes, para que unos pocos sinvergüenzas se llenaran los bolsillos con las horas de mi vida. Me cansé y tomé la firme decisión de dejar de ser esclavo. Parecía que fuera la primera decisión que realmente tomaba, y por primera vez me sentí verdaderamente libre. Ahora unos me llaman «sin techo», otros «vagabundo» o incluso «indigente»… pero soy capaz de comprenderlo. No todo el mundo es capaz de detectar a un astronauta disfrazado de ser humano. Este banco donde me siento aquí en la tierra es mi portal de teletransporte hacia Plutón, donde felizmente vivo soñando, recuperando y reinvirtiendo las horas en las que en la tierra no me permitieron jugar, experimentar, reír… vivir.