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Follow me

Fotografiaba yo una maravillosa escena en la que un caballo se remojaba en la fosa que separa el majestuoso templo de Angkor Wat.

Segundos más tarde se aproximó esta bellísima mujer, haciendo todo tipo de onomatopeyas para indicarle al caballo que se acercara y así ponérmelo más fácil para fotografiarle. Fue un bonito gesto que le agradecí haciendo una gran reverencia, pero en ese momento pensaba (*^*%/&”!!!!), lo que yo quería era captar ese natural momento en el que el susodicho caballo disfrutaba de un gozoso baño en uno de los enclaves más alucinantes del planeta.

Cuando me acercó el caballo, por cortesía le hice una inútil fotografía, y después de agradecérselo nuevamente, proseguí mi aventura en mi primer día en los templos. Cuando miré hacia atrás después de haber recorrido un buen trecho, me di cuenta de que esta mujer me seguía con una gran sonrisa en la cara, y pensé que algo quería de mí. Decidí pararme en seco, cambiar el objetivo de mi cámara por uno más apropiado para retratar y pedirle que posara. ¡Qué felicidad pude ver reflejada en su cara! Qué sonrisa tan pura y tan agradable. Jamás hubiera pensado que una mujer como ella pudiera ser tan coqueta. Su coquetería salió a relucir automáticamente después de hacerle este primer retrato. Se quitó el sombrero y dejó caer sobre sus hombros su rala y grasienta melena y la sacudió con un sutil movimiento de cuello para acto seguido poner su mejor mirada.

Elegí sin embargo este primer retrato, en el que conseguí capturar la verdadera esencia de su jovial espíritu. Oh, camboyanos, cuánto os añoro.