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India

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Un mes es muy poco tiempo para visitar un país tan grande y diverso como India, por tanto el tiempo que he invertido resulta también insuficiente para hacer una crítica objetiva sobre tan impactante lugar. Me voy a permitir sin embargo hacer varias observaciones para hacer el camino más fácil a quien quiera visitarlo e igual conseguir que lo descarte de su lista quien no esté tan seguro.

 

Llegué a India en autobús desde Nepal. El primer pensamiento que me vino a la mente al parar en un pueblo perdido fue: “La gente que ha nacido en este lugar verdaderamente ha tenido muy mala suerte”. Afortunadamente no pensé lo mismo al visitar otros lugares, pero el impacto de la llegada fue una experiencia espeluznante.

 

Los olores no son agradables; cuando no huele a pís, huele a putrefacción, y los más exóticos olores son difíciles de percibir por la culpa de otro no demasiado sano que todo lo permea, la contaminación. En la India las basuras brillan por su ausencia y los indios no tienen ningún tipo de educación en lo que al reciclaje se refiere. Los plásticos y otros deshechos se tiran al suelo, amontonándose para después quemarlos a pie de calle. Los utiliza la gente sin techo para calentarse por la noche y por la mañana se queman grandes montañas de plástico que pasan al aire que se respira. De las 60 ciudades más contaminadas del mundo India cuenta con 27. Delhi ha sido tristemente nombrada la más contaminada del planeta. El ambiente de la capital, donde rara vez el Sol asoma, es lo más parecido a un apocalíptico futuro de película de ciencia ficción. Cuesta creer que ya esté pasando.

 

El país sin embargo es fotogénico

 

 

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La superpoblación de India de percibe con facilidad. Las calles están llenas de humanos. Muy llenas y siempre llenas. Por si fuera poco, esa burbuja invisible de espacio personal que en otros países se respeta, aquí no existe. Mirar fijamente no está mal visto, por tanto siendo extranjero puedes sentirte como Obama en una reunión del ku klux Klan. Siendo mujer puede llegar a convertirse en una situación muy desagradable, ya que las caras amistosas escasean y lo que sin embargo abunda son los rostros circunspectos, las miradas frías, las miradas tristes… y lo realmente incómodo, las miradas lascivas.

 

Pero el país es fotogénico

 

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Si buscas un país donde pasarlo en grande, tomar un gin tonic en la piscina y disfrutar en una hamaca de la noche estrellada, ya puedes ir cambiando de destino. India no está bien adaptado al turismo y la tranquilidad es muy difícil de encontrar, en parte por la superpoblación y en parte por la contaminación acústica.

  • Duplica el sonido de la bocina de un camión y añádele treinta y dos camiones iguales.
  • Duplica el sonido de la bocina de una moto y añádele docientas más.
  • Ahora añade veinte vacas, tres cabras y un chapati.
  • Otros cuatrocientos humanos ofreciendo tuk tuks y súmale otros cien comerciantes.

El resultado aún estará lejos de los decibelios de una gran ciudad India. El dolor de cabeza está asegurado.

 

Ahora, el país es fotogénico

 

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¡Con lo que me gusta el picante! ¡Qué gran experiencia culinaria va a ser la India!

Un carajo. A pesar de llevarme suplementos vitamínicos y plantas de herbolario para fortalecer el estómago, a los cuatro días pillé la primera cagalera, que ha estado saludándome intermitentemente hasta mi partida un mes después. El estómago hinchado, acidez y especias que dejan un agradable olor cada vez que eructas. Entre comida y cena el paladar no tiene descanso con los sabores que se repiten. Paneer, kofta, aloo, dosa, thali. No importa lo que comas, todo tiene salsas y especias que al final te acaban sabiendo iguales. Pide la comida sin picante, te la traerán picante. Pide que se la lleven porque pica y te traerán el mismo plato con azúcar para rebajar el picor. Una experiencia gastronómica sin igual.

 

Fotogénico es

 

 

 

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Sobre los indios: mi opinión sincera es que de todos los países que he visitado jamás he dado con una gente tan ordinaria, abrasiva y maleducada. En Europa podemos quejarnos fácilmente de la falta de educación en las grandes ciudades (¡Joder! ¡Nadie me deja incorporarme a ese carril!) Me meo de la risa. En India se te colarán, en la carretera y en cualquier cola que hagas con el mayor de los descaros. Sencillamente llegan y se ponen delante tuya. Te vacilarán cuanto quieran, se reirán de ti y jugarán contigo. De alguna forma se piensan que el turista es, a parte de un Benjamin Franklin con patas, gilipollas. Esta ciudad de verdad pone a prueba la paciencia de una persona y no las moscas. Si quieres preguntar a un desconocido, mejor que sea joven. La mayoría habla peor inglés que Ana botella comiendo un kebab en una montaña rusa.

 

Menos mal que el país es fotogénico

 

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Es bien sabido el machismo dominante que impera en el país. Es muy raro encontrar mujeres por la calle cuando oscurece, y la gran mayoría de los trabajos de cara al público son realizados por hombres. Se encuentran pocas chicas viajando solas por el miedo que el país infunde, y las que lo hacen suelen tener unas cuantas anécdotas desagradables que contar.

 

Fotogénico…

 

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“Debes probar a coger el tren en la India”, eso me dijeron. El primer tren que cogí de Benarés a Delhi llegó por supuesto con retraso. Supuestamente debía durar 14h… pues bien, a las 8h de trayecto no llevábamos ni una cuarta parte y fue cuando el tren se paró y un indio me informó de que el tren que llevábamos delante había descarrilado. Dos muertos y más de 60 heridos. Como consecuencia pasé dentro de ese tren 34h hasta que me bajé en Agra en lugar de Delhi. Más horas no pude aguantar en una lata de sardinas con olor a baño de discoteca.

 

Mágica fue también la experiencia de tratar de coger un tren Delhi – Calcuta, de donde salía mi vuelo a Birmania. Me indicaron mal la estación de trenes, por tanto después de hacer cola (y tener que apartar a más de 5 personas que se me iban colando) en 2 ventanillas tuve que comprar un billete de metro para ir a la estación correcta. En la correcta me dijeron mal la ventanilla dos veces también. A la tercera di con una mujer (Ana Botella) que solo entendió “Kolkata” y por mucho que le insistí en que quería “Sleeper Class” decidió sacarme un billete con el que iría 24h de pie. Estupendo. Sobra decir que ese billete no pude cancelarlo. Después de preguntar a varios, un tío (a cambio de una comisión) decidió acompañarme. Me llevó al “encargado de seguridad”, un hijo de puta uniformado que se dedicaba a mandar en el tuk tuk de su amigo a los turistas a una oficina de turismo que sería de su primo, donde me decía que el billete costaba 2500 rupias, el doble de su precio como comprobé ahí mismo en mi móvil. Di unas cuantas vueltas más y me aseguraron que no se podían comprar los billetes ahí, siempre tratando de hacer que los comprase a otras personas que se llevan comisiones, hasta que me enteré de que había un “tourist office”. Al llegar había una cola de más de hora y media. Fue este el providencial momento en que recibí el glorioso mensaje: Su vuelo desde Calcuta ha sido cancelado. Y aquí me encuentro, en el mismo día en que todo ha ocurrido, sentado en un avión hacia Tailandia. Hasta nunqui Delhi.

 

 

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India la mágica, India espiritual y religiosa. La India de la muerte, la India del yoga. El aprendizaje es muy grande, y a mi no me cabe duda alguna de que trataré de volver a la India por el impacto que ha supuesto y la cantidad de anécdotas que siempre llevaré conmigo.

 

Esta dura crítica al país es un mal resumen de todo mi viaje, en el que también he encontrado a gente maravillosa, sonriente y siempre dispuesta a ayudar. Tampoco he hablado de la luz tan especial que tiene el país o la sorprendente y variada arquitectura que puede encontrarse en las distintas regiones. La variedad de etnias con sus muy diversas facciones, los viajeros tan peculiares que se conocen por el camino, los colores… son pocas entre las muchísimas razones que hacen a este país tan especial y exótico. Hasta pronto, India.