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Into your thoughts

El  templo donde conocí a este buen hombre no es especialmente conocido, tampoco tiene nada que lo haga destacar sobre los otros templos; sin embargo, se ha convertido en un templo que siempre recordaré con cariño por los mágicos minutos que me brindó la oportunidad de disfrutar.

Cuando descubrí esta Pagoda (así llaman a los templos en Camboya), decidí entrar a pesar de no ver ningún monje por los alrededores. Este hombre (llamémosle Julián) vino hacia mí, se arrodilló y a continuación se postró a mis pies, por lo cual me sentí mal y le pedí que se levantara gesticulando. Al hacerlo, me dio un fuerte y emotivo abrazo, al que por supuesto le respondí con otro aún más fuerte. Fue entonces cuando se aproximó un monje y le dijo unas cuantas palabras pidiéndole que no me molestara. Se dirigió a continuación a mí, y me dijo que por favor no hiciese caso de los actos de Julián, ya que tenía alguna clase de enfermedad mental.

Estuve haciendo una serie de fotografías a lo largo del templo, y allá donde fuera Julián me seguía repitiendo mantras y bendiciéndome con sus manos juntas, inclinándose hacia mí y contemplándome como si fuera un ser venido de otro mundo para salvar a este planeta.

Una de las monjas que trabajaban en este lugar prendió un fuego después de recoger las malas hierbas. Fue entonces cuando se hizo la magia: un humo denso empezó a cubrir el entorno, distribuyéndose después de forma equitativa a lo largo del lugar. La luz del atardecer se filtraba a través de los árboles y la situación lumínica era prácticamente inmejorable. A pesar de estar centrado en los retratos de los monjes, el hecho de llevar durante casi una hora a mi amigo Julián detrás, sentí un tremendo cariño y alegría de tenerle conmigo, y creí que lo mejor que podía hacer en esta situación era llevarme un retrato suyo. Le dije con mi mirada y mis manos: “Julián, necesito que te quedes quieto en este punto, eres una persona muy especial y te quiero”. Lo entendió a la perfección y se quedó inmóvil en su sitio, me apuntó con su intensa mirada y empezó a repetir sus mantras con firmeza, convicción y un volumen más alto de lo habitual. Sabía tan bien como yo que lo que ahí estaba sucediendo era irrepetible, conocía mis emociones y su papel en este juego. Todo se alineó durante esos segundos para que pudiera conseguir esta toma, tan valiosa para mí.

Desconozco lo que pueda ocurrir en la mente de Julián y por qué se llama loco a una persona que piensa de una forma distinta. Puedo asegurar que los minutos que pasé con él fueron algunos de los más bonitos de mi vida.

Gracias amigo por hacerme aprender una lección más.