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The dark side of the moon

Mi  último día en Camboya. Me inundaba un sentimiento de felicidad incomparable mientras andaba por las calles de Phnom Penh escuchando a Radiohead en mis auriculares y bebía una fría lata de cerveza mientras con la otra mano sujetaba la cámara. La ciudad estaba viva, llena de espectaculares momentos y rostros dignos de fotografiar, todo parecía acontecer delante de mis ojos.

Fue al doblar una esquina cuando me crucé con una escena terrorífica, que ha quedado grabada en mi mente hasta tal punto que me cuesta dejar de pensar en ello. Esta mano oculta el rostro de la marginalidad más absoluta, de la maldad de este planeta, el abuso y la tristeza. Este pobre crío, menor de 12 años, estaba esnifando pegamento mientras andaba por la calle, su mirada recorría los alrededores perdida, su torso desnudo dejaba ver numerosas cicatrices de una tremenda gravedad y su andar no tenía un rumbo concreto.

Me acerqué a él para tomarle una fotografía, considero mi deber como fotógrafo documentar este tipo de situaciones y contribuir en la medida de lo posible a extinguirlas. Su reacción fue rápida, no quería ser fotografiado si no había dinero de por medio, así que interpuso su mano entre la lente y su deteriorada cara, momento en el que apreté el disparador acertadamente, creo que este gesto habla por sí solo, y por ello he decidido no compartir el retrato que le hice a posteriori.

Una parte de los ciudadanos de Camboya sobrevive con menos de un dólar diario. La prostitución infantil se prohibió hace tan solo unos cuantos años, aunque por supuesto sigue activa gracias a unos cuantos degenerados y padres sin conciencia ni recursos. Este chaval probablemente no haya tenido la más mínima oportunidad y habrá sido víctima de abusos de todo tipo, encontrando una vía de escape de su triste realidad en las drogas. Cuando me pidió dinero para comer, decidí invitarle a algo en el puesto más cercano, con su negativa me dejó claro a qué quería destinar el dinero. Al huir de mí y de mi cámara, se deslizó a través de las paredes como si de una serpiente se tratara. Sus movimientos no parecían humanos, sino venidos del inframundo, su mirada gritaba odio hacia el ser humano, hacia todos los adultos y hacia la vida. Pobre inocente criatura, siento una tristeza muy profunda cuando pienso en él, al igual que soy partícipe de sus sentimientos desde que tuve el honor de conocerle. Esta situación es totalmente inadmisible, seres “humanos”, vergüenza tengo de pertenecer a esta especie.