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Venezuela

Tan solo hace cinco días que tomé la decisión de vivir en mis propias carnes la situación de Venezuela. Decidí entrar en «sus» tierras y ya estoy fuera, reflexionando mientras vuelo y conteniendo las lágrimas mientras trato de poner orden a los pensamientos que van y vienen frenéticamente a causa de la tragedia recién vivida.
 
Me he encontrado con un pueblo de antiguas y fuertes raíces, una fascinante cultura milenaria de la cual hay mucho que aprender. He dado con almas buenas, humildes, caritativas, luchadoras y realmente profundas… pero he dado también con un pueblo herido, cansado y melancólico. He visto estómagos vacíos, al igual que miradas. He sentido los lamentos de corazones rotos por la pérdida de lo más querido y por verse inevitablemente sumergidos en la miseria más absoluta. Ruido: una eterna palabrería que forma un enrevesado nudo y grita cambio, se lamenta porque las cosas no están bien y llora lágrimas de petróleo, susurra que si Maduro no se qué y que si los Yanquis lo otro. Vomita impotencia y desesperanza. Grita ya basta, no nos lo merecemos. Habla de incomprensión, enredando un poco más el enredo y nunca calla, ante tal injusticia de nada sirve nuestro silencio.
 
Se escucha por ahí: «Vuelve, tierra de tesoros y bonanza, paraíso de sonrisas y alegría». De fondo un eco que repite: «No se bien por qué Diosito se olvidó de Venezuela», un eco acompañado de valiente sentimiento, de inquebrantable fe que a pesar de todo aún mantiene un lazo entre cielo y tierra.
 
Ha llovido mucho, demasiado. Ahora todo está inundado y muchos ya se fueron lejos de esta tormenta que puede parecer perpetua. Quienes quedamos sobrevivimos, con determinación haciendo uso de nuestras últimas fuerzas para mantenernos a flote, ya casi no hay nada a lo que aferrarse y solo aquel incierto rayo de luz del horizonte eleva nuestras cabezas sobre este cansado mar de lamento y miseria. 
 

 

Yo sigo aquí avanzando, en este vuelo de salida, dejando atrás a mis hermanos mientras las nubes pasan de forma repetida como metáforas de súplica. «Por favor, hagan lo posible por ayudarnos», dicen ellas. La impotencia me desborda y las nubes sollozan una tras otra: «auxilio», «auxilio», «auxilio»… y lo único que alcanzo a ver son nubes que se pierden en el infinito. Ya las lágrimas se desbordan, hundiéndose en el papel y dibujando pequeños mapas aleatorios que me dan con un codo y me guiñan el ojo recordándome que hubo un día en que esta tierra fue libre, que el cambio es posible y que pronto llegará la hora: Venezuela querida, estamos juntos en esto, para luchar por lo que es justo y cubrir con amor las brechas de esta nación herida.