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Wisdom

Este día cambió el curso de mis proyectos fotográficos en Camboya. Aunque tenía una idea aproximada de lo que quería hacer, no quise planear mi viaje para así dejarme llevar por los acontecimientos y la gente que encontrase en mi camino. Si buscas en la red lo que hacer o visitar en un país, terminarás por hacer y ver lo que todos han hecho y visto, y eso no es lo que andaba buscando.

Estaba conociendo la ciudad cuando me encontré con un templo budista, donde muchos monjes de alojan. Vi a dos monjes andando en dirección opuesta a mí, y aunque sabía que no sería una gran fotografía, pegué una carrera instintivamente para acercarme a ellos y disparar. Notaron mi presencia y se giraron en el momento en que disparaba con una gran sonrisa dibujada en su cara, algo muy característico en la mayoría de los monjes. Se acercaron a mí y empezaron a entablar una conversación en inglés, idioma en el que conseguían defenderse a duras penas… sin embargo, con paciencia y señales conseguimos comunicarnos durante una tarde entera. Me fascinó la paz y armonía que transpiraban, su semblante libre de cualquier muestra de defectos de carácter, eran dos personas muy distintas a lo que acostumbro a conocer, y me cautivó su interés por mí. Estuvimos haciendo una serie de fotografías al borde del río Mekong y paseamos por su orilla hasta llegar a un embarcadero, donde insistieron en invitarme a subir al barco para disfrutar el atardecer subidos en él.

Mi primer contacto con el budismo de Camboya me ayudó a coger la confianza que después se convertiría en mi aliada a la hora de retratar el budismo en este país, no solo eso, también hizo que decidiera invertir gran parte de mi tiempo en este proyecto. Aquí empezó mi amor por la gente de Camboya, que no ha hecho más que crecer cada día más. Es fantástico ver su sonrisa tan pura, y más aún sabiendo que hace tan solo 30 años que salieron de un genocidio donde perdieron a casi toda una generación.

Cuando desembarcamos, fuimos a sentarnos al césped que da al palacio real, junto con un buen amigo suyo que conducía un tuk tuk. Aquí recibí la última y más importante lección del día: se nos aproximó un pobre hombre llevándose la mano a la boca y diciendo “ñam ñam”, pidiéndonos de esta forma dinero para comer. Estaba acostumbrado a la vida de occidente, donde mucha gente te pide dinero y a veces debes decir que no si quieres llegar a fin de mes, por tanto de forma instintiva le dije que no. Fue el amigo de los monjes quien sacó un billete de su bolsillo y se lo dio; una persona que en un día de mucha suerte puede llegar a ganar 20 dólares. Por supuesto, sentí mucha vergüenza. Después de este acontecimiento me explicaron los monjes la situación de la gente sin dinero: no tienen dinero porque no tienen forma de conseguirlo, y si no se les echa un cable morirían de hambre. Les bastan 1000 reales para comer y cenar un arroz blanco, el equivalente a 25 céntimos.

Desde este día decidí llevar siempre billetes de 1000 reales para dar cuando alguien me pidiera, es sorprendente todo lo que podemos ayudar con lo que para nosotros supone bien poco.